En este pueblo no hay narcos
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En una cantina de algún lugar de la Sierra Gorda, en cuyas paredes lucen adosados algunos animales en peligro de extinción, disecados por un mal taxidermista o por un taxidermista aficionado, conversan El Pato y El Pollo. En la rocola, la voz rasposa de Valentín Elizalde entona “Vete ya”. Son jóvenes hombres de campo, curtidos por sus constantes incursiones al Otro Lado; llevan sendas cachuchas sobre sus testas, El Pato de los Dodgers de Los Ángeles y El Pollo de Los Mets de Nueva York. |
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Acodados en la barra de la cantina, cada uno con una caguama perlada de sudor y un vaso que a veces advierten medio lleno o bien medio vacío, mientras escancian la refrescante bebida, diseccionan la problemática social que afecta a la región de economía dolarizada. Aquí los jóvenes migrantes que regresaban del Otro Lado, estaban acostumbrados a billeteras engordadas con dólares, sin embargo, desde que la economía estadunidense se deprimió, las carteras lucen tan famélicas como sus portadores. El Pato.—¿Qué onda güey, no me digas que todavía no tienes jale? El Pollo.—N’ombre, todavía no, todo ta’ de su puta madre y tú, ¿qué onda, güey, en qué andas? El Pato.—¿Supistes que me regresé el año pasado de Norte Carolina? Se acabó el jale y aquí estoy con mi vieja y mis chavitos que ya ni me conocían los pendejos porque cuando me fui ‘taban chiquitos. Con el changarrito que puse me está yendo bien güey, no me quejo. El Pollo.—¡Quien cómo tú güey! Yo no veo la pinche luz al final del túnel. ¿Te enterastes que yo y otros cuates ya ni siquiera pudimos pasar al Otro Lado? No mames güey, cuando apenas habíamos cruzado el río Bravo nos agarró la migra y, ya sabes, nos esposaron, ficharon y mandaron de regreso pa’ la chingada. Con esta van tres veces que no hemos podido pasar este año. El Pato.—¡Uh, ni que lo digas güey, orita está todo de su chingada madre, nomás sale uno de su casa y ya no se sabe cómo le irá, ya vez que los desaparecidos llevan meses y ni sus luces güey, no mames. El Pollo.—¡Lo que nos faltaba, dicen que a esos se los llevaron Los Zetas, que los tienen trabajando en un rancho de Tamaulipas pero sabe, uno nunca sabe. El Pato.—¡Pus sabe güey, quién sabe cómo estarán, porque ora ya no hay ni quien lo proteja a uno, hay que cuidarse de los “buenos” y de los malos! Todo está revuelto, los narcos se disfrazan de policías y los policías se disfrazan de narcos. Dios nos coja confesados. El Pollo.—¡Que te coja a ti guey! Mientras El Pato y El Pollo continúan embebidos, analizando la cruda realidad social de la Sierra Gorda, escenario que pudiese ser el mismo para otras regiones del país, la noche, sin previa invitación, llega y, en menos de lo que uno pudiese esperar, las hermosas montañas, de un verde luminoso pasan a ser moles oscuras, animales prehistóricos congelados por el tiempo. A estas alturas los jóvenes serranos continúan acodados en la barra, velando la tercera caguama difunta. El Pato se levanta y se dirige al mingitorio sin puerta, situado de una esquina de la cantina. El Pollo va a la rocola, le introduce unas monedas para que de la misma se escuchen los narcocorridos del momento. Casi simultáneamente ambos retornan a sus respectivos lugares. El Pollo (con la voz baja, en tono confidencial).— Oye güey, la neta ¿cómo le haces si ‘tabas pior de jodido que yo?, no mames, cuando andabas en el Otro Lao tu vieja lavaba ajeno pal’ chivo y ora tienes camioneta, casa nueva y el changarro ¿cómo le hicistes güey?, no me digas que con los dólares del gabacho porque cuando estabas allá te la pasabas en el chupe, los cocos y las viejas, güey. El Pato (bajando la voz, cuidando que el cantinero y algunos parroquianos no lo escuchen).— Ira, te voy a decir la neta, tengo un jale que me está dejando un buen varo, güey y, aquí entre nos, si quieres te puedo prestar una lana pa’ que tu también pongas un changarrito o hagas el negocio que tu quieras. Nomás dime cuánto necesitas. El Pollo. (entusiasmado y alzando la voz).— ¡Neta, güey! El Pato.— (llevándose el índice a los labios, reconviniendo a su interlocutor).— ¡Shhhh, baja la voz pendejo, ya mero lo publicas en el periódico! Ira güey, tu nomás dime cuánto quieres y yo te presto. El Pollo (susurrando, por la advertencia de su amigo, pero al mismo tiempo entusiasmado y agitado por la posibilidad de encontrar solución al desempleo que lo persigue como perro rabioso).— No, pos la neta es que sí necesito un buen varo, yo y mi vieja hemos pensado en poner un puesto de tacos de cabeza y pa’ eso necesitamos por lo menos, por lo menos, unos quince mil varos, güey. El Pato (sorprendido, con los ojos desmesurados al oír la cantidad que su interlocutor menciona).— ¡No maches, te pasas de pendejo güey! Pos con quién crees que estás tratan… El Pollo (arrebatándole la palabra a su paisano).—¡Ya sabía que era puro choro, güey! Se me hacía muy ojona pa’ ser paloma, me vas a salir con la mamada de quinientos o mil varos, esos nomás me servirían pa’ una peda. El Pato (atrayendo a su interlocutor de la nuca con la mano derecha, hasta quedar nariz con nariz).—¡Si serás pendejo, güey, me estás pidiendo centavos y yo lo que te puedo prestar son varos! ¡Quince mil varos! ¡No manches, esos los traigo orita en mi cartera pa’ las propinas! ¡No, yo te puedo prestar un millón de varos y si quieres más, te presto más, ¿cuál es el pedo? El Pollo (asombrado por el ofrecimiento, se quita por un momento su cachucha, situación que es aprovechada por el aire viciado del lugar para enredársele en el pelo; sabe que el asunto es serio, porque su cuate puede ser borracho, parrandero y jugador pero jamás hablador).—¡Ah jijo, esa si que no me la esperaba güey, un millón de varos! ¡No mames, qué haría yo con tanto varo! El Pato.— ¿Cómo ves güey? En el momento que tu quieras yo te lo presto, puedes comprarte un cantón nuevo, un changarro, vocho y tele, lo que tu quieras. No te voy a cobrar intereses güey, eso sí, cuando te diga que me pagues mi lana, me la regresas. No te espantes, eso puede ser dentro de uno, dos o tres años ¿cómo ves güey? El Pollo.—No sé güey, déjame pensarlo… |
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08 Sep 10 | 10:09 am
que relato tan mam..ila
09 Sep 10 | 2:11 pm
¿Pereza mental o ignorancia?
¿Para qué argumentar existiendo tantos y tan diversos adjetivos?