El centenario de La Castañeda
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Jaime Avilés, menciona un par de casos que nos permiten entender los abusos de principios del siglo XX: “Encontré en internet el caso de Sara Santos, joven de 18 años de edad que en 1910 fue arrestada por la policía en el centro de la ciudad de México por vestir de rojo y medias acanaladas negras, blusa de satín blanco, desgarrado por el frente, dando un espectáculo inmoral pues se asomaban los pechos, motivo por el cual fue remitida al pabellón de infecciosos del Hospital Psiquiátrico de La Castañeda. En ese pabellón especial para los contagiosos eran confinadas las prostitutas y, durante la Revolución, cobijaría asimismo a los homosexuales y sifilíticos”. “Serafina de la Peña, de 25 años, fue aprehendida en 1919 por escupir en la cara de dos agentes de la policía. Se quedó en La Castañeda hasta el fin de sus días, sólo porque al momento de su detención presentaba ojos caídos, el color pálido, falta de apetito y del dormir, carácter violento y asocial, por lo cual los Médicos le diagnosticaron locura y la enclaustraron hasta que falleció”. (Los Manicomios del poder. Edit. Debate. Méx. 2007). Después de leer estos casos, me acordé de un libro de aforismos de Fernando Swain. He aquí algunos: Entre más normas de convivencia promulgue la sociedad, más será lo que desobedezca la mayoría. La sociedad se emborracha de sí misma con su propia falsedad. ¡Salud! Eludir la responsabilidad social del yo, conduce a la libertad. Enloquece en Sociedad quien pretende su cordura. La sociedad es moral y la moral es social puesto que ambas son corruptas y así se prostituyen. La sociedad y la moral condenas los desnudos humanos de cualquier índole, sin siquiera darse cuenta de la hipocresía de un sistema que cubre con ropaje mezquino. La sociedad no tolera a los rebeldes porque perturban sus mentiras vitales. La gente considerada como “anormal” será la adaptada a sí misma, y a la vez, inadaptada a las falacias del sistema. (Aforismordaces. Edit. Lito Prensa. Méx. 1992). “Los enfermos eran distribuidos no sólo por su mal sino también por su condición económica. En el pabellón de los Distinguidos estaban los pensionistas de primera clase (pertenecían a familias ricas) y contaban con vista a los jardines; en el de Observación, los indigentes y pensionistas de segunda y tercera clase y los toxicómanos; en el de Peligrosos los violentos, agitados e impulsivos; en los tres restantes los Epilépticos, los Imbéciles y los Infecciosos. En realidad bajo sus techos convivían niños, delincuentes, ancianos, alcohólicos (La Castañeda se construyó en terrenos que antes eran dedicados a la elaboración de pulque), drogadictos y prostitutas”. (Jaime Avilés. Op.Cit.). Las condiciones en que operó esta institución, durante sus últimos años, son dignas de una pesadilla. “La sobrepoblación de pacientes convirtió a los pabellones en infiernos de insalubridad. Hay fotografías de dormitorios con camas impregnadas de materia fecal, baños y habitaciones derruidas y enfermos que merodeaban desnudos sin ningún tipo de cobijo”. (Idem.). “Fue una institución que sigue presente en la memoria colectiva, no sólo por todo el tiempo que duró, por el tamaño que tuvo -25 edificios- o la cantidad de pacientes (casi 60 mil), sino porque fue un espacio donde se inició la Psiquiatría en México”. (Jesús Alejo. Op. Cit.). La Castañeda se clausuró en 1968. “Fue abierta por un Díaz y cerrada por otro, con la semejanza adicional de que ambos eran déspotas” (Jaime Avilés. Op.Cit.). Un escritor de grandes locuras, y por lo mismo grandes genialidades, es Guillermo Fadanelli. Lo cito para intentar justificar lo aquí retomado: “Pese a que en el ánimo de los escritores germina ese obscuro deseo de que sus palabras formen parte de la historia o de la cultura, la posibilidad de lo contrario, de que todo se vaya al carajo apenas es escrito resulta también igualmente seductor. Una persona que se precie de ser elegante no debe dejar pasar nunca la oportunidad de desaparecer. Si uno desea ser leído y contemplado por los ojos llenos de desprecio, entonces que escriba en un periódico, que aproveche esos espacios que como dádivas ofrecen a los escritores los periódicos contemporáneos. En esas páginas que se abren tan fácilmente para recibir la inmundicia de lo que se ha dado en llamar el mundo del espectáculo, los escritores apenas si tienen por allí un rincón improvisado. Junto al espacio que se reserva a los políticos, indecencias a corto plazo, los escritores ocupan apenas el modesto cuarto de un sirviente innecesario. Me parece un justo destino, un aliciente para continuar alimentando el deseo que, en esta época, tenemos ciertos escritores de convertirnos en un discreto ejército de ceros a la izquierda”. (Revista Moho. Núm.26). Correo: amezquita27@hotmail.com |
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